El Sol que se filtraba por el cristal de la ventana no
demoró en escabullirse también por los párpados de Sunohara, quien despertó con
un sabor agrio en su boca. Su estado somnoliento hizo que se tardara unos
segundos en notarlo, pero cuando se dio cuenta de que tenía entre sus labios el
pie y el calcetín de Tomoya, se levantó violentamente, y se fue contra la pared
para alejarse.
—No estoy durmiendo —respondió su amigo, que
leía plácidamente un manga, recostado sobre su futón.
—¡¿Qué?! ¡¿Lo hiciste al propósito?! Voy a
tener que replantearme la decisión de dejar que te quedes aquí —le dijo.
La relación que unía a Tomoya con su padre
estaba muy lejos de ser buena, e incluso se sumergía con total acierto en la
descripción de una pésima relación, y por esa razón él había decidido abandonar
su casa.
—¿Qué vas a hacer hoy? —cambió de tema
drásticamente.
—Estaba pensando en dormir un poco más
—respondió y se acostó nuevamente, dejando de lado su disgusto—, y luego jugar
algunos videojuegos.
«Tal vez no me guste el Instituto, pero los
domingos, los días en los que no tengo que asistir, me recuerdan aún más
crudamente lo aburrida, monótona y triste que es mi vida… ¿Hacia dónde estoy
yendo? Supongo que los tipos como yo terminamos acostumbrándonos a esto»,
pensaba Tomoya, sin dejar de leer las viñetas de la revista.
Para la sorpresa de ambos, repentinamente,
alguien llamó a la puerta del dormitorio, y los dos giraron su cabeza hacia
ella.
—Debe ser la señora Misae, ábrele —dijo
Youhei, y se cubrió la cabeza con la almohada.
—Es tu dormitorio.
Y antes de que la discusión pudiera
desarrollarse en manos de la galbana, la puerta volvió a sonar. Aunque con
desgano, Sunohara se levantó, y la abrió (no sin antes darle una pequeña patada
a la revista que Okazaki estaba leyendo).
—F…Fujibayashi
—tartamudeó sorprendido Sunohara, y Tomoya bajó los pies de la cama para
sentarse y mirar.
—Buenos días —saludó Kyou, y luego su
hermana Ryou, que se mantenía cabizbaja.
—¿Qué es lo que haces aquí? —preguntó el
dueño del dormitorio, con una leve sensación de miedo.
—He venido por dos cosas: para recuperar mi libro de
biología y para preguntarte dónde estaba Okazaki, pero veo que está aquí.
—Ah,
eso —dijo Youhei, y su expresión cambió rotundamente, para empezar a mostrar
una melodramática altanería mientras masajeaba su barbilla—… Si quieres
recuperarlo tendrás que pedirme disculpas por golpearme, y además tendrás que
pagarme el almuerzo tres veces a la semana, y además…
—Aquí tienes —dijo Tomoya entregándole el
libro a Kyou, bajo el portal de la entrada.
—Gracias —respondió ella y lo guardó en su
bolso.
—¡¿Por qué me traicionas así?! ¡Y en frente
de mis ojos! —se lamentó Sunohara, pero, una vez más, fue ignorado.
—¿Para qué me buscas?
—Vamos a salir de compras con mi hermana
para pasar el día libre, ¿quieres venir? —hizo una nueva invitación Kyou.
—Jeje…
No tienes dinero, Okazaki —se burló Sunohara, a modo de diminuta venganza.
—No te preocupes por eso —Kyou.
—¿Eh?
¿Desde cuándo eres tan amable y generosa? —se sintió confundido Youhei.
—Siempre lo he sido.
Tomoya miró en silencio a Ryou, y no
pasaron muchas cosas por su mente, simplemente decidió aprovechar la
oportunidad para huir de aquellas cuatro paredes, y ver si podía encontrar
algún entretenimiento además de los videojuegos, los mangas, y molestar a
Sunohara.
—Está bien, iré. Sólo esperen a que me vista.
Ryou sonrió.
—¡Bien!
—¿Puedo ir yo también? —preguntó Youhei
señalándose a sí mismo con su dedo, con el entusiasmo de un niño pequeño.
«Será sólo una molestia para el plan, pero
pobre… Realmente no debe tener nada que hacer, y si se queda todo el día en
este pestilente dormitorio, seguramente morirá intoxicado», pensó Kyou,
sintiendo lástima por el muchacho, y sin mucha seguridad respondió:
—Si es lo que quieres…
De esa manera, los cuatro partieron al
centro comercial de la pequeña ciudad. Pero no estuvieron mucho tiempo juntos,
ya que mientras transitaban la peatonal, Kyou divisó en una vidriera algunos
vestidos, y sintió que era el momento justo para actuar.
—¡Oh,
mira Sunohara! ¡Qué lindos vestidos! —le dijo con todo el entusiasmo que pudo
fingir (y fue bastante).
—¿Y a mí qué?
—¡Vayamos a ver! —agregó luego, y cazándolo
del brazo se lo llevó.
«Ahora todo está en tus manos hermanita…
Vamos, no hagas que todo esto sea una pérdida de tiempo… Aún menos esto de tomar tan vergonzosamente el
brazo de Sunohara… ¡Suerte!», pensó mientras dejaba sola a Ryou con Tomoya.
—¿Vamos con ellos, o seguimos caminando?
—le preguntó el chico.
—N…No,
sigamos nosotros.
—De acuerdo —, y retomaron la marcha.
—Oye, Okazaki, sobre el otro día…
—Estuve pensando mucho en eso. Creo que
estaría bien intentarlo… Si quieres…
—¿En…En
serio? —preguntó con un repentino brillo en sus ojos, y una inocente sonrisa
coloreada. La muchacha se sorprendió en gran medida, pero aún así recibió las
palabras como si las hubiese estado esperando de una manera literal.
—Sí.
—Yo… No sé qué decir… Gracias, Okazaki.
—T…Tonta,
no tienes que decirme gracias —le aclaró, sintiéndose un poco avergonzado.
—Es que realmente estoy feliz… Es como si
de repente me hubieras quitado una enorme y pesada mochila de la espalda, llena de preocupaciones y miedos. Estoy
muy nerviosa, yo jamás…
—No tienes por qué preocuparte, yo también
soy nuevo en esto… No te sientas presionada…
—De acuerdo…
Ryou no podía dejar de sonreír, y la temperatura
de sus pómulos aumentaba a cada instante. Era realmente feliz, y por eso podía
hablar con un poco más de tranquilidad y naturalidad.
Juntos fueron en busca de algunos llaveros
y colgantes. Compraron unos con formas de flores, de plumas, y otro que tenía
un extraño animalito muy similar a Botan, pero de color amarillo. Luego
gastaron bastante dinero en una gran máquina doll vending, pero ninguno de los dos logró sacar nada. Todo fue
tan repentino, que de cierta manera parecía inverosímil.
—Te dije que las máquinas estas eran un
fraude —le recordó Okazaki rascándose la cabeza luego de fallar su último
intento.
—Mira, una de esas máquinas que predice el
futuro —dijo de repente Fujibayashi, señalando una gran carcasa roja, con
planetas, constelaciones y extraños símbolos pintados.
—¿Crees en esas cosas?
—Me parece divertido ver los resultados, y
luego compararlos con la realidad —respondió algo avergonzada, y Tomoya suspiró.
—Bien, vayamos a ver.
Primero fue Ryou quien se sentó. La máquina pedía que
ingresara su nombre y su fecha de nacimiento, así que lo hizo, y luego presionó
el botón que decía “Know your future”.
Entonces, esperó a que los resultados aparecieran en la pantalla, y no
demoraron en hacerlo.
Casi sin darse cuenta, Tomoya y Ryou
estaban teniendo su primera cita. No había dudas, esa salida dominical se había
convertido en una cita.
—Dice que voy a ser enfermera y que voy a
tener dos hijos varones.
—¿Sólo eso? —preguntó él inclinándose hacia
delante, para ver la pantalla más de cerca.
—Sí, sólo eso. Ahora inténtalo tú.
—No, yo paso.
—Vamos… Es divertido…
Con un nuevo suspiro de resignación, Tomoya
aceptó, convencido por el tierno, aniñado y cándido rostro de Ryou. Tomó
asiento, introdujo sus datos, y cuando aparecieron los resultados, ni siquiera
terminó de leerlos, y se levantó diciendo:
—Esto es una tontería.
—¿Qué te salió? —preguntó Ryou, y se fijó
ella misma: sería basquetbolista y tendría una hija—. ¿Por qué no te gustó? Es
una buena profesión, serás famoso.
—Es ridículo…
Pese a aquella mala broma del destino,
Tomoya la pasó bien aquella mañana, y en ningún momento tuvo la idea de volver
a buscar a Kyou o a Youhei. Era bueno estar con alguien distinto, y hacer cosas
nuevas, por más mundanas y comunes que fueran.
—Ya es hora de almorzar, debería irme a
casa —dijo Ryou.
—¿Hacia dónde vives?
—Hacia allá —le respondió, señalando la
dirección opuesta a la del dormitorio de Sunohara—. En verdad me divertí.
—Sí, fue divertido —respondió Tomoya
sonriendo.
Antes de la despedida, un pequeño y tierno
silencio de varios segundos los mantuvo juntos unos momentos más –instantes incluso
tan valiosos como horas– bajo el cielo helado y el suave Sol del invierno.
—Bueno, nos vemos —dijo Ryou con una gran sonrisa y
levantando su mano izquierda. Él había pensado en acompañarla a casa, pero
sintió que no era lo correcto, aunque no estaba seguro de por qué, simplemente
la sentía como una acción fuera de lugar.
Cuando Fujibayashi se alejaba, Tomoya la
detuvo.
—Fujibayashi —dijo, y ella se volteó
velozmente, como si su vida dependiera de eso—, gracias por todo lo de hoy. Fue
muy divertido…
Ella volvió a sonreír. Se sentía más feliz
que nunca, porque podía notar que Tomoya realmente se había divertido, y porque
esas horas juntos fueron en verdad valiosas, de esas que cualquier persona
desearía poder guardar en lo profundo de su corazón, y revivirlas una y otra
vez cuando se sintiese sola o triste. Además, había logrado vencer la
inseguridad que la acosaba al hablar con Okazaki… Podía sentirlo, este era el
primer fulgor de un camino sumamente brillante…















